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Confianza en uno mismo

La sociedad, en todas partes, es una conspiración contra la virilidad de cada uno de sus miembros. La sociedad es una sociedad anónima en la que los miembros acuerdan, para asegurar mejor el pan de cada accionista, renunciar a la libertad y a la cultura del consumidor. La virtud más solicitada es la conformidad. La autosuficiencia es su aversión. No ama las realidades ni a los creadores, sino los nombres y las costumbres.

El que quiera ser hombre, debe ser un no conformista. Quien quiera cosechar palmas inmortales no debe dejarse obstaculizar por el nombre de la bondad, sino que debe explorar si es bondad. Nada es sagrado al fin y al cabo salvo la integridad de tu propia mente. Absuélvete ante ti mismo, y tendrás el sufragio del mundo.

Recuerdo una respuesta que, siendo muy joven, me impulsaron a darle a un estimado consejero que solía importunarme con las queridas viejas doctrinas de la iglesia. Ante mi comentario: «¿Qué tengo yo que ver con la santidad de las tradiciones, si vivo enteramente desde mi interior?», mi amigo me sugirió: «Pero estos impulsos pueden venir de abajo, no de arriba». Yo repliqué: «No me lo parecen a mí; pero si soy hijo del Diablo, viviré entonces a partir del Diablo». Ninguna ley puede serme sagrada salvo la de mi naturaleza. El bien y el mal no son sino nombres muy fácilmente transferibles a esto o aquello; lo único correcto es lo que concuerda con mi constitución; lo único erróneo, lo que va en contra de ella. Un hombre debe conducirse ante toda oposición como si todo fuera nominal y efímero, excepto él.

Me avergüenza pensar con qué facilidad capitulamos ante insignias y nombres, ante grandes sociedades e instituciones muertas. Cada individuo decente y de buena elocuencia me afecta y me influencia más de lo debido. Debería ir erguido y vital, y decir la grosera verdad en todos los sentidos.

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