manera primordial, él escribe primordialmente lo que será y debe ser dicho, considerando a los demás, aunque también primordiales, no obstante, respecto a él, secundarios y sirvientes; como los modelos que posan en el estudio de un pintor, o como los ayudantes que llevan materiales de construcción a un arquitecto.
Pues la poesía fue escrita toda antes de que existiera el tiempo, y siempre que estamos tan delicadamente organizados como para penetrar en esa región donde el aire es música, escuchamos esos trinos primordiales e intentamos anotarlos, pero de vez en cuando perdemos una palabra o un verso y sustituimos algo de nuestra cosecha, y así malescribimos el poema.
Los hombres de oído más delicado transcriben estas cadencias con mayor fidelidad, y estas transcripciones, aunque imperfectas, se convierten en las canciones de las naciones.
Pues la naturaleza es tan verdaderamente hermosa como buena, o como razonable, y debe manifestarse tanto como debe realizarse, o conocerse. Las palabras y los hechos son modos por completo indiferentes de la energía divina. Las palabras son también acciones, y las acciones son una especie de palabras.
El signo y las credenciales del poeta son que anuncia aquello que ningún hombre profetizó. Él es el verdadero y único médico; sabe y cuenta; él es el único dador de noticias, pues estuvo presente y fue testigo de la aparición que describe. Es un contemplador de ideas y un enunciador de lo necesario y causal. Pues no hablamos ahora de hombres de talento poético, ni de laboriosidad y destreza en la métrica, sino del verdadero poeta. Participé el otro día en una conversación acerca de un escritor reciente de lírica, un hombre de mente sutil, cuya cabeza parecía una caja de música de delicadas melodías y ritmos, y cuya destreza y dominio del lenguaje no podíamos alabar bastante.