viejos propósitos, y eliminar la fricción ha acabado por convertirse en el fin. Ese es el absurdo de los hombres ricos —y Boston, Londres, Viena, y ahora los gobiernos del mundo en general, son ciudades y gobiernos de ricos; y las masas no son hombres, sino hombres pobres, es decir, hombres que desearían ser ricos—; este es el ridículo de esa clase: que llegan con penas, sudor y furia a ninguna parte; y cuando todo está hecho, es para nada. Son como alguien que ha interrumpido la conversación de un grupo para pronunciar su discurso, y ahora ha olvidado lo que iba a decir. La apariencia salta a la vista en todas partes de una sociedad sin rumbo, de naciones sin rumbo. ¿Eran los fines de la naturaleza tan grandes y apremiantes como para exigir este inmenso sacrificio de los hombres?
Bastante análogo a los engaños de la vida, se produce, como cabría esperar, un efecto similar en la vista por parte del rostro de la naturaleza externa. Hay en los bosques y las aguas cierto señalamiento y lisonja, junto con una incapacidad para brindar una satisfacción presente. Esta desilusión se experimenta en cada paisaje. He visto la tersura y la belleza de las nubes de verano flotando vaporosas en lo alto, disfrutando, al parecer, de su altura y su privilegio de movimiento, mientras que todavía no se presentaban tanto como el ropaje de este lugar y hora, sino como vislumbrando algunos pabellones y jardines de festividad más allá. Es un extrañamiento curioso, mas el poeta advierte que no está lo suficientemente cerca de su objeto. El pino, el río, el ribazo de flores que tiene ante sí, no parecen ser la naturaleza. La naturaleza está siempre en otra parte. Esto o aquello no es sino la periferia y el reflejo lejano y el eco del triunfo que ha pasado y se halla ahora en su esplendor rutilante y su apogeo, tal vez en los campos vecinos, o, si uno se halla en el campo, entonces en los bosques adyacentes.