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Arte

imaginación. En la medida en que el carácter espiritual de la época domina al artista y halla expresión en su obra, en esa misma medida conservará una cierta grandeza y representará para los futuros espectadores lo Desconocido, lo Inevitable, lo Divino. Ningún hombre puede excluir por completo este elemento de Necesidad de su labor. Ningún hombre puede emanciparse del todo de su edad y país, ni producir un modelo en el que la educación, la religión, la política, las costumbres y las artes de sus tiempos no tengan parte. Por muy original que fuera, por muy terco y fantástico, no puede borrar de su obra todo rastro de los pensamientos en medio de los cuales creció. El propio acto de evitarlo delata el uso que evita. Por encima de su voluntad y fuera de su vista, se ve impelido por el aire que respira y por la idea en la que él y sus contemporáneos viven y se afanan, a compartir el estilo de sus tiempos, sin saber cuál sea ese estilo. Ahora bien, aquello que es inevitable en la obra posee un encanto más elevado de lo que el talento individual pueda otorgar jamás, en la medida en que la pluma o el cincel del artista parece haber sido sostenido y guiado por una mano gigantesca para inscribir una línea en la historia del género humano. Esta circunstancia otorga un valor a los jeroglíficos egipcios, a los ídolos indios, chinos y mexicanos, por muy groseros y sin forma que sean. Denotan la altura del alma humana en esa hora, y no fueron fantásticos, sino que brotaron de una necesidad tan honda como el mundo. ¿Acaso añadiré ahora que todo el producto existente de las artes plásticas tiene en esto su valor supremo, como historia; como un trazo trazado en el retrato de ese destino, perfecto y hermoso, según cuyas ordenaciones todos los seres avanzan hacia su beatitud?

Así, visto históricamente, ha sido función del arte educar la percepción de la belleza. Estamos inmersos en la belleza, pero nuestros ojos carecen de visión clara. Es necesario, mediante la exposición de rasgos singulares, ayudar y guiar el gusto adormecido. Tallamos y pintamos, o contemplamos lo que se talla y pinta, como estudiantes del misterio de la Forma. La virtud del arte radica en el desapego, en aislar un objeto de la

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