El otro elemento de la amistad es la ternura. Estamos unidos a los hombres por toda clase de vínculos, por sangre, por orgullo, por temor, por esperanza, por lucro, por lujuria, por odio, por admiración, por cada circunstancia, distintivo y fruslería, pero apenas podemos creer que en otro pueda subsistir tanto carácter como para atraernos por amor.
¿Puede otro ser tan bendecido y nosotros tan puros como para ofrecerle ternura? Cuando un hombre se me vuelve querido, he tocado la meta de la fortuna. Hallo muy poco escrito directamente al corazón de este asunto en los libros.
Y, sin embargo, tengo un texto que no puedo evitar recordar. Mi autor dice: «Me ofrezco débil y abruptamente a aquellos de quienes efectivamente soy, y me ofrezco con menor ternura a aquel a quien estoy más devotamente consagrado».
Deseo que la amistad tenga pies, además de ojos y elocuencia. Debe plantarse en la tierra antes de saltar sobre la luna. Deseo que sea un poco ciudadana antes de ser por completo un querubín.
Reprochamos al ciudadano porque convierte el amor en mercancía. Es un intercambio de dones, de préstamos útiles; es la buena vecindad; vela al enfermo; sostiene el féretro en el funeral; y pierde por completo de vista las delicadezas y la nobleza de la relación.
Pero aunque no podamos hallar al dios bajo este disfraz de vivandero, por otra parte tampoco podemos perdonar al poeta si hila demasiado fino y no sustancializa su romance con las virtudes municipales de la justicia, la puntualidad, la fidelidad y la piedad.