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El poeta

espiritual permanece inalterable ante muchos o pocos detalles; así como ninguna montaña tiene una altura apreciable como para romper la curva de la esfera. Un avispado muchacho de campo va a la ciudad por primera vez, y el ciudadano satisfecho de sí mismo no se conforma con su pequeño asombro. No es que no vea todas las finas casas y sepa que nunca antes había visto semejantes, sino que se deshace de ellas con tanta facilidad como el poeta le encuentra lugar al ferrocarril. El valor principal del nuevo hecho es realzar el gran y constante hecho de la Vida, que puede empequeñecer cualquier circunstancia y a la cual el cinturón de wampum y el comercio de América le son indiferentes.

Estando así el mundo subordinado a la mente en cuanto al verbo y al nombre, el poeta es quien sabe articularlo. Pues aunque la vida es grande, y fascina, y absorbe; y aunque todos los hombres comprenden los símbolos a través de los cuales se la nombra; sin embargo, no pueden utilizarlos de un modo originario. Somos símbolos y habitamos en símbolos; obreros, obra y herramientas, palabras y cosas, nacimiento y muerte, todo son emblemas; pero simpatizamos con los símbolos y, al encapricharnos con los usos económicos de las cosas, no sabemos que son pensamientos. El poeta, mediante una percepción intelectual ulterior, les otorga un poder que hace que su uso anterior sea olvidado, y pone ojos y lengua en cada objeto mudo e inanimado. Percibe la independencia del pensamiento respecto al símbolo, la estabilidad del pensamiento, la accesoriedad y la fugacidad del símbolo. Así como se decía que los ojos de Linceo veían a través de la tierra, el poeta vuelve el mundo de cristal y nos muestra todas las cosas en su recta serie y procesión. Pues a través de esa mejor percepción se sitúa un paso

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