“Pues todo espíritu, cuanto más puro es, Y más luz celestial en su interior habita, Un cuerpo tanto más hermoso procura Para habitar, y lo adorna con mayor belleza, Con alegre gracia y apacible aspecto. Pues del alma la forma toma el cuerpo, Porque el alma es la forma y al cuerpo da origen.”
He aquí que de repente nos hallamos no ante una especulación crítica, sino en un lugar sagrado, y debemos andar con muchísima cautela y reverencia. Nos encontramos ante el secreto del mundo, allí donde el Ser se convierte en Apariencia y la Unidad en Variedad.
El Universo es la exteriorización del alma. Dondequiera que esté la vida, esta estalla en apariencia a su alrededor. Nuestra ciencia es sensual y, por tanto, superficial. La tierra y los cuerpos celestes, la física y la química, los tratamos sensualemente como si existieran por sí mismos; pero estos son el séquito de ese Ser que poseemos.
«El poderoso cielo —dijo Proclo— exhibe, en sus transfiguraciones, claras imágenes del esplendor de las percepciones intelectuales; siendo movido en conjunción con los períodos ocultos de las naturalezas intelectuales».
Por lo tanto, la ciencia siempre marcha al unísono con la justa elevación del hombre, guardando el paso con la religión y la metafísica; o bien el estado de la ciencia es un índice de nuestro autoconocimiento. Puesto que todo en la naturaleza responde a un poder moral, si algún fenómeno permanece bruto y oscuro es porque la facultad correspondiente en el observador aún no está activa.
No es de extrañar entonces, si estas aguas son tan profundas, que nos cernamos sobre ellas con consideración religiosa. La belleza de la fábula prueba la importancia del sentido; para el poeta, y para todos los demás; o, si se quiere, todo hombre es en la medida en que