entrometida y concienzuda estalló en rincones inesperados. * ¿Quién me dio el dinero con el que compré mi abrigo? * ¿Por qué el trabajo profesional y el del despacho deben pagarse de manera tan desproporcionada respecto al trabajo del porteador y del leñador? > Todo este asunto del Comercio me hace detenerme y pensar, en la medida en que establece relaciones falsas entre los hombres; puesto que soy propenso a considerarme exento de cualquier responsabilidad de portarme bien y noblemente con aquella persona a la que pago con dinero; mientras que, si no tuviera ese bien, estaría obligado a mantener un buen comportamiento en toda compañía, y el hombre sería un benefactor para el hombre, al ser él mismo su único certificado de que tiene derecho a esas ayudas y servicios que cada uno se pide mutuamente. ¿Acaso no soy una persona demasiado protegida? ¿No hay una gran disparidad entre mi suerte y la tuya, hermano mío, hermana mía? ¿No se me defrauda en mi mejor formación al perder esos ejercicios que constituyen el trabajo manual y las urgencias de la pobreza? No encuentro nada saludable ni enaltecedor en las suaves convenciones de la sociedad; no me gusta el aire cargado de los salones. Comienzo a sospechar que soy un prisionero, aunque se me trate con toda esta cortesía y este lujo. Pago un impuesto destructivo
La misma crítica insaciable puede rastrearse en los esfuerzos por la reforma de la Educación. Se ha achacado a la educación popular una falta de verdad y naturaleza. Se ha lamentado que no se imparta una educación orientada a las cosas. Somos estudiantes de palabras: estamos encerrados en escuelas, colegios y aulas de recitación durante diez o