hermano, hace que cada uno advierta su radical unidad. Cuando dos personas se sientan a conversar en un entendimiento verdaderamente bueno, no dejará de hacerse la observación: ¡Ved cómo hemos disputado sobre palabras! Que una mente clara y receptiva, como la que todo hombre conoce entre sus amigos, converse con el genio poético más dominante, y creo que se pondría de manifiesto que no existía tal desigualdad como los hombres imaginan entre ellos; que un entendimiento perfecto, un igual recibir, un igual percibir, borraban las diferencias; y el poeta confesaría que su imaginación creadora no le otorgaba ninguna ventaja profunda, sino tan solo la superficial de que él podía expresarse y el otro no; que su ventaja era una habilidad que podía impresionar a los hombres indolentes, pero que no podía impresionar a los amantes de la verdad; pues ellos conocen el tributo del talento, o qué precio de grandeza paga con demasiada frecuencia el poder de expresión. Creo que es la convicción de los hombres más puros que el valor neto entre hombre y hombre no varía gran cosa. Cada uno es incomparablemente superior a su compañero en alguna facultad. Su falta de destreza en otras direcciones ha incrementado su aptitud para su propia obra. Cada uno parece tener alguna compensación concedida por su debilidad, y cada obstáculo opera como una concentración de su fuerza.
Estas y semejantes experiencias insinúan que el hombre se halla en estricta conexión con un hecho superior jamás manifestado aún. Hay un poder sobre y detrás de nosotros, y somos los canales de sus comunicaciones. Procuramos decir esto y aquello, y sobre nuestra cabeza se sienta algún espíritu que contradice lo que decimos. Querríamos persuadir a nuestro prójimo de esto o de aquello; otro yo dentro de nuestros ojos lo disuade. Aquello que ocultamos, esto lo revela.