Cada una de sus verdades no es del todo verdadera. Su dos no es el verdadero dos, su cuatro no el verdadero cuatro; de modo que cada palabra que dicen nos mortifica y no sabemos por dónde empezar para corregirlos.
Mientras tanto, la naturaleza no tarda en equiparnos con el uniforme carcelario del partido al que nos adherimos. Llegamos a llevar un mismo corte de rostro y figura, y adquirimos gradualmente la más mansa expresión asnal.
Hay una experiencia mortificante en particular, que no deja de estamparse también en la historia general; me refiero a «la tonta faz del elogio», la sonrisa forzada que ponemos en compañía donde no nos sentimos a gusto en respuesta a una conversación que no nos interesa.
Los músculos, no movidos espontáneamente sino por una baja terquedad usurpadora, se entumecen alrededor del contorno de la cara con la sensación más desagradable.
Por la no conformidad el mundo te azota con su desagrado. Y por tanto un hombre debe saber cómo estimar una cara agria. Los espectadores lo miran de reojo en la calle pública o en la sala del amigo. Si esta aversión tuviera su origen en el desprecio y la resistencia como el suyo, bien podría irse a casa con el rostro triste; pero las caras agrias de la multitud, al igual que sus caras dulces, no tienen una causa profunda, sino que se ponen y se quitan según sopla el viento y lo dirige un periódico. Sin embargo, el descontento de la multitud es más formidable que el del senado y el colegio. Le es bastante fácil a un hombre firme que conoce el mundo soportar la ira de las clases cultas. Su ira es decorosa y prudente, pues son tímidas, al ser muy vulnerables ellas mismas.