César, tomar en la mano el ejército, el imperio y a Cleopatra, y decir: «Todo esto habré de renunciar, si me mostráis las fuentes del Nilo». Queridos nos son aquellos que nos aman; los rápidos momentos que pasamos con ellos son una compensación por una gran dosis de miseria; ensanchan nuestra vida; mas queridos son aquellos que nos rechazan por indignos, pues añaden otra vida: nos construyen un cielo ante nosotros del que no habíamos soñado, y con ello nos proveen de nuevas fuerzas procedentes de los recovecos del espíritu, y nos instigan a nuevas y no intentadas hazañas.
Como todo hombre en el fondo desea la mejor y no la peor compañía, desea ser convencido de su error y volver en sí —así también desea que esa misma sanación no se detenga en su pensamiento, sino que penetre en su voluntad o poder activo. El hombre egoísta sufre más por su egoísmo que aquel a quien dicho egoísmo priva de algún beneficio importante. Lo que más desea es ser elevado a alguna plataforma superior, para poder ver más allá de su miedo actual el bien transalpino, de modo que su miedo, su frialdad, su costumbre puedan romperse como fragmentos de hielo, derretirse y ser arrastrados en la gran corriente de la buena voluntad. ¿Pides mi ayuda? Yo también deseo ser un bienhechor. Deseo más ser un bienhechor y servidor de lo que tú deseas ser servido por mí; y ciertamente la mayor buena fortuna que podría sobrevenirme es precisamente ser conmovido por ti de tal modo que yo diga: «¡Tómame a mí y a todo lo mío, y usa de mí y de lo mío libremente para tus fines»!, pues no podría decirlo sino porque una gran amplitud habría entrado en mi corazón y en mi mente, haciéndome superior a mis fortunas. Aquí estamos paralizados por el miedo; nos aferramos a nuestras pequeñas propiedades, casa y tierra, cargo y dinero, por el sustento que en nuestra experiencia nos han dado, aunque confesamos que nuestro ser