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Intelecto

sentamos a considerar una verdad abstracta; cuando mantenemos el ojo de la mente abierto mientras conversamos, mientras leemos, mientras actuamos, empeñados en aprender la ley secreta de alguna clase de hechos.

¿Cuál es la tarea más difícil del mundo? Pensar. Me pondría en la actitud de mirar a los ojos a una verdad abstracta, y no puedo. Retrocedo y me aparto por aquí y por allá. Me parece entender lo que quiso decir aquel que afirmó: Nadie puede ver a Dios cara a cara y vivir.

Por ejemplo, un hombre explora las bases del gobierno civil. Que concentre su mente sin tregua, sin descanso, en una sola dirección. Su mayor atención durante mucho tiempo no le sirve de nada. Sin embargo, los pensamientos revolotean ante él. Apenas captamos, vislumbramos vagamente la verdad.

Decimos: saldré a caminar, y la verdad tomará forma y claridad para mí. Salimos, pero no podemos encontrarla. Da la impresión de que solo necesitáramos la quietud y la actitud serena de la biblioteca para aferrar el pensamiento. Pero entramos, y estamos tan lejos de él como al principio.

Luego, en un instante y sin anunciarse, la verdad aparece. Cierta luz errante surge, y es la distinción, el principio que buscábamos. Pero el oráculo llega porque previamente habíamos sitiado el santuario.

Parece como si la ley del intelecto se asemejara a esa ley de la naturaleza por la cual ora inspiramos, ora expiramos el aliento; por la cual el corazón ora absorbe, ora expulsa la sangre: la ley de la ondulación. Así que ahora debes trabajar con tus brios, y ahora debes suspender tu actividad y ver lo que el gran Alma manifiesta.

La inmortalidad del hombre se predica con tanta legitimidad a partir de las intelecciones como de las voliciones morales.

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