más cerca de las cosas, y ve el fluir o la metamorfosis; percibe que el pensamiento es multiforme; que dentro de la forma de cada criatura hay una fuerza que la impulsa a ascender hacia una forma superior; y siguiendo la vida con sus ojos, utiliza las formas que expresan esa vida, y así su discurso fluye con el fluir de la naturaleza. Todos los hechos de la economía animal, el sexo, la nutrición, la gestación, el nacimiento, el crecimiento, son símbolos del paso del mundo al alma del hombre, para sufrir allí un cambio y reaparecer como un hecho nuevo y superior. Utiliza las formas según la vida, y no según la forma. Esta es la verdadera ciencia. Solo el poeta conoce la astronomía, la química, la vegetación y la animación, pues no se detiene en estos hechos, sino que los emplea como signos. Él sabe por qué la llanura o pradera del espacio fue sembrada con estas flores que llamamos soles, lunas y estrellas; por qué el gran abismo está adornado con animales, con hombres y con dioses; pues en cada palabra que pronuncia los cabalga como a los corceles del pensamiento.
En virtud de esta ciencia, el poeta es el Nominador o Hacedor de lenguaje; nombra las cosas a veces según su apariencia, a veces según su esencia, y otorga a cada una su propio nombre y no el de otra, alegrando así el intelecto, que se deleita en el desapego o el límite. Los poetas crearon todas las palabras y, por tanto, el lenguaje es el archivo de la historia y, si debemos decirlo, una especie de tumba de las musas. Pues aunque se haya olvidado el origen de la mayoría de nuestras palabras, cada palabra fue al principio un golpe de genio y cobró circulación porque en ese momento simbolizaba el mundo para el primer hablante y para el oyente. El etimólogo descubre que la palabra más muerta fue alguna vez una imagen brillante. El lenguaje es poesía fósil. Así como la piedra caliza del continente consiste en masas infinitas de conchas de animáculos, el