mano, todavía veréis manzanas colgando a la luz brillante con sus ramas y hojas, o la hierba con borlas, o las hojas de maíz, y esto durante cinco o seis horas después. Ahí quedan las impresiones en el órgano retentivo, aunque no lo supierais. Así yacen en vuestra memoria toda la serie de imágenes naturales con las que vuestra vida os ha familiarizado, aunque no lo sepáis; y un estremecimiento de pasión arroja luz sobre su cámara oscura, y el poder activo se apodera al instante de la imagen adecuada, como la palabra de su pensamiento momentáneo.
Tardamos mucho en descubrir cuán ricos somos. Nuestra historia, estamos seguros, es de lo más sosa: no tenemos nada que escribir, nada que deducir. Mas nuestros años más prudentes siempre regresan a los desdeñados recuerdos de la infancia, y siempre estamos pescando algún artículo maravilloso de ese estanque; hasta que poco a poco empezamos a sospechar que la biografía de la única persona necia que conocemos es, en realidad, nada menos que la paráfrasis en miniatura de los cien volúmenes de la Historia Universal.
En el intelecto constructivo, al que popularmente designamos con la palabra Genio, observamos el mismo equilibrio de dos elementos que en el intelecto receptivo. El intelecto constructivo produce pensamientos, frases, poemas, planes, diseños, sistemas. Es la generación de la mente, el matrimonio del pensamiento con la naturaleza. Al genio deben concurrir siempre dos dones: el pensamiento y la publicación. El primero es revelación, siempre un milagro, que ninguna frecuencia de sucesos ni estudio incesante puede familiarizar jamás, sino que siempre debe dejar al investigador estupefacto de asombro. Es el advenimiento de