No creemos que ninguna educación, ningún sistema de filosofía, ninguna influencia del genio, vaya a otorgar jamás profundidad de visión a una mente superficial. Habiendo caído en esta incredulidad, nuestra habilidad se gasta en procurar paliativos, diversión, opiáceos. Adornamos a la víctima con destreza manual, su lengua con idiomas, su cuerpo con modales inofensivos y gratos. Así hemos ocultado astutamente la tragedia de la limitación y de la muerte interior que no podemos evitar. ¿Es extraño que la sociedad sea devorada por una melancolía secreta que se abre paso a través de todas sus sonrisas, de toda su alegría y sus juegos?
Pero aún un paso más allá ha llegado nuestra infidelidad. Parece que hombres buenos y sabios abrigan cierta duda acerca de si la felicidad y la probidad del hombre aumentan realmente con el cultivo de la mente en aquellas disciplinas a las que damos el nombre de educación.
Desgraciadamente, la duda proviene también de letrados, de personas que han probado estos métodos. Según su experiencia, el erudito no se vio elevado por los pensamientos sagrados entre los que moraba, sino que los utilizó para fines egoístas. Era una persona profana y se convirtió en un feriante, convirtiendo sus dones en un uso comercial, y no en su propio sustento y crecimiento.
Se descubrió que el intelecto podía desarrollarse de manera independiente, es decir, separado del hombre, como cualquier órgano individual puede ser vigorizado, y el resultado fue monstruoso. Se generó un apetito canino de conocimiento, que aún debía ser alimentado pero que nunca se saciaba, y este conocimiento, al no estar dirigido a la acción, nunca adoptó el carácter de verdad sustancial y humana, bendiciendo a aquellos en quienes penetraba. Le otorgó al erudito ciertos poderes de expresión, el poder de la palabra, el poder de la poesía, del arte literario, pero no lo condujo a la paz ni a la beneficencia.
Cuando la clase literaria traiciona una indigencia de fe, no es extraño que la sociedad se muestre descorazonada y sensualizada por la incredulidad.