Los excelentes jóvenes desprecian la vida, pero en mí, y en aquellos que como yo están libres de dispepsia, y para quienes un día es un bien sano y sólido, resulta un exceso de cortesía mirar con desdén y clamar en busca de compañía. Por simpatía me he vuelto un poco impaciente y sentimental, pero dejadme solo y saborearía cada hora y lo que me trajere, la pitanza del día, tan cordialmente como el más viejo parroquiano en la taberna. Doy gracias por las pequeñas misericordias. Intercambié impresiones con uno de mis amigos que lo espera todo del universo y se decepciona cuando algo es inferior a lo óptimo, y descubrí que yo empiezo en el otro extremo, sin esperar nada, y siempre reboso de agradecimiento por los bienes moderados. Acepto el estrépito y el vocerío de las tendencias contrarias. Hallo mi provecho también en los borrachos y en los pesados. Dan una realidad al cuadro circundante de la que una apariencia tan fugaz y meteórica difícilmente puede prescindir. Por la mañana me despierto y encuentro el viejo mundo, esposa, nenes y madre, Concord y Boston, el querido viejo mundo espiritual e incluso el querido viejo diablo no muy lejos. Si aceptamos el bien que hallamos, sin hacer preguntas, obtendremos medidas colmadas. Los grandes dones no se consiguen mediante el análisis. Todo lo bueno está en el camino real. La región media de nuestro ser es la zona templada. Podemos trepar al reino tenue y frío de la geometría pura y la ciencia inerte, o descender al de la sensación. Entre estos extremos está el ecuador de la vida, del pensamiento, del espíritu, de la poesía—una franja estrecha. Además, en la experiencia popular todo lo bienhechor está en el camino real. Un coleccionista se asoma a todas las tiendas de cuadros de Europa en busca de un paisaje de Poussin, un dibujo al creyón de Salvator; pero la Transfiguración, el Juicio Final, la Comunión de San Jerónimo, y lo que es tan trascendente como esto, están en las paredes del Vaticano, los Uffizi o el Louvre, donde cualquier lacayo puede verlos; por no hablar de los cuadros de la Naturaleza en cada calle, de los atardeceres y amaneceres de cada día, y de la escultura del cuerpo humano nunca ausente. Un coleccionista compró recientemente en subasta pública, en Londres, por
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