refinado, y no como un acto entre muchos actos, una expresión justa de nuestra energía permanente. La mayoría de las personas capaces se encuentran en sociedad con una especie de ruego tácito. Cada cual parece decir: «No estoy del todo aquí». Senadores y presidentes han trepado tan alto con bastante dolor, no porque piensen que el lugar es especialmente agradable, sino como una disculpa por el mérito real y para vindicar su hombría ante nuestros ojos. Esta silla conspicua es su compensación para consigo mismos por ser de una naturaleza pobre, fría y dura. Deben hacer lo que pueden. Al igual que cierta clase de animales del bosque, no tienen más que una cola prensil; trepar deben, o arrastrarse. Si un hombre se hallara dotado de una naturaleza tan rica que pudiera entablar estrechas relaciones con las mejores personas y hacer la vida serena a su alrededor mediante la dignidad y dulzura de su comportamiento, ¿podría permitirse el lujo de soslayar el favor del comité y de la prensa, y codiciar relaciones tan huecas y pomposas como las de un político? Ciertamente, nadie sería un charlatán si pudiera permitirse ser sincero.
Las tendencias de los tiempos favorecen la idea del autogobierno y dejan al individuo, como único código, a merced de las recompensas y castigos de su propia constitución; los cuales obran con mayor energía de la que creemos mientras dependemos de restricciones artificiales. El movimiento en esta dirección ha sido muy marcado en la historia moderna. Mucho de él ha sido ciego y desacreditado, pero la naturaleza de la revolución no se ve afectada por los vicios de los revolucionarios; pues esta es una fuerza puramente moral. Jamás ha sido adoptado por ningún partido en la historia, ni puede serlo. Separa al individuo de todo partido y lo une, al mismo tiempo, a la raza humana.