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Heroísmo

“Que murmuren: Tú estás en tu tumba en paz.”

En la penumbra de nuestra ignorancia sobre lo que ha de ser, en la hora en que estamos sordos a las voces más altas, ¿quién no envidia a aquellos que han visto su varonil esfuerzo llegar a buen término sin peligro?

¿Quién de entre nosotros, al ver la bajeza de nuestra política, no felicita interiormente a Washington por estar desde hace tiempo ya envuelto en su mortaja y a salvo para siempre; por haber sido depositado dulcemente en su tumba, sin que en él la esperanza de la humanidad haya sido aún sojuzgada?

¿Quién no envidia a veces a los buenos y valientes que ya no han de sufrir por los tumultos del mundo natural, y aguarda con curiosa complacencia el rápido término de su propio coloquio con la naturaleza finita?

Y, sin embargo, el amor que prefiere ser aniquilado antes que desleal ya ha hecho imposible la muerte, y se afirma no como mortal, sino como natural de los abismos del ser absoluto e inextinguible.

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