Los hombres descienden para encontrarse. En su habitual y ruin servicio al mundo, por el cual abandonan su nobleza nativa, se asemejan a aquellos jeques árabes que habitan en casas modestas y fingen una pobreza externa, para escapar de la rapacidad del bajá, y reservan toda su ostentación de riqueza para sus retiros interiores y custodiados.
Tal como está presente en todas las personas, lo está también en cada período de la vida. Ya es adulto en el hombre infantil.
En mi trato con mi hijo, mi latín y mi griego, mis logros y mi dinero de nada me sirven; pero vale tanto como alma tengo.
Si soy obstinado, él opone su voluntad a la mía, uno a uno, y me deja, si me place, la degradación de vencerlo por mi superioridad de fuerza. Pero si renuncio a mi voluntad y actúo por el alma, erigiéndola como árbitro entre nosotros dos, desde sus jóvenes ojos me mira esa misma alma; él venera y ama conmigo.
El alma es la perceptora y reveladora de la verdad. Conocemos la verdad cuando la vemos, digan los escépticos y burlones lo que bien les plazca. La gente necia te pregunta, cuando has dicho lo que no desean oír: «¿Cómo sabes que es verdad, y no un error tuyo?». Conocemos la verdad cuando la vista nos alcanza, por encima de la opinión, como sabemos cuando estamos despiertos que estamos despiertos. Fue una gran sentencia de Emanuel Swedenborg, la cual bastaría por sí sola para indicar la grandeza de la percepción de aquel hombre: «No es prueba del entendimiento de un hombre ser capaz de confirmar cuanto le plazca; sino ser capaz de discernir que lo que es verdadero es verdadero, y que lo que es falso es falso—ésta es la marca y el carácter de la inteligencia». En el libro que leo, el buen pensamiento vuelve a mí, como lo hará toda verdad, con la imagen de toda el alma. Ante el mal pensamiento que en él encuentro, esa misma alma se convierte en una espada perspicaz y tajante que lo poda y lo aparta. Somos más sabios de lo que sabemos. Si no