el cual ninguna producción es posible. Es una conversión de toda la naturaleza en la retórica del pensamiento, bajo la mirada del juicio, con un ejercicio enérgico de elección. Y, sin embargo, el vocabulario imaginativo parece ser espontáneo también. No fluye única o principalmente de la experiencia, sino de una fuente más rica. No mediante una imitación consciente de formas particulares se ejecutan los grandes trazos del pintor, sino acudiendo a la fuente primigenia de todas las formas en su mente. ¿Quién es el primer maestro de dibujo? Sin instrucción conocemos muy bien el ideal de la forma humana. Un niño sabe si un brazo o una pierna están distorsionados en un cuadro; si la actitud es natural, grandiosa o mezquina; aunque nunca haya recibido instrucción alguna sobre dibujo ni oído ninguna conversación al respecto, ni pueda él mismo dibujar con corrección un solo rasgo. Una buena forma impresiona gratamente a todos los ojos, mucho antes de que posean ciencia alguna sobre el tema, y un rostro hermoso hace latir a veinte corazones, antes de toda consideración sobre las proporciones mecánicas de los rasgos y de la cabeza. Quizá debamos a los sueños cierta luz sobre la fuente de esta destreza; pues tan pronto como dejamos ir nuestra voluntad y permitimos que sobrevengan los estados inconscientes, ¡veamos qué hábiles dibujantes somos! Nos entretenemos con formas maravillosas de hombres, de mujeres, de animales, de jardines, de bosques y de monstruos, y el lápiz místico con el que entonces dibujamos no muestra torpeza ni inexperiencia, ni escasez ni pobreza; sabe diseñar bien y agrupar bien; su composición está llena de arte, sus colores están bien aplicados y todo el lienzo que pinta tiene vida propia y es apto para conmovernos con terror, con ternura, con deseo y con dolor. Tampoco las copias que el artista hace de la experiencia son nunca meras copias, sino que siempre están tocadas y suavizadas por matices de este dominio ideal.
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