A Escipión lo llamó Milton «la cumbre de Roma»; y toda la historia se reduce con gran facilidad a la biografía de unas pocas personas firmes y resueltas.
Conozca, pues, el hombre su propio valor y mantenga las cosas bajo sus pies. Que no espíe, ni robe, ni ande furtivo por ahí con aires de niño de inclusa, de bastardo o de intruso en el mundo que existe para él.
Pero el hombre de la calle, al no hallar en sí mismo ningún valor que se corresponda con la fuerza que levantó una torre o esculpió un dios de mármol, se siente pobre cuando los contempla. Para él, un palacio, una estatua o un libro costoso tienen un aire ajeno e intimidatorio, muy parecido al de un carruaje lujoso, y parecen decirle como este: «¿Quién es usted, señor?».
Sin embargo, todo ello le pertenece, son pretendientes de su atención, peticionarios ante sus facultades para que salgan y tomen posesión. El cuadro aguarda mi veredicto; no ha de mandarme a mí, sino que soy yo quien debe resolver sus méritos para la alabanza.
Aquella fábula popular del borracho que fue recogido totalmente ebrio en la calle, llevado a la casa del duque, lavado, vestido y acostado en la cama del duque, y que, al despertar, fue tratado con toda la ceremonia obsequiosa propia del duque y convencido de que había estado loco, debe su popularidad al hecho de simbolizar tan bien la condición del hombre, quien es en el mundo una especie de borracho, pero que de vez en cuando despierta, ejerce su razón y se descubre a sí mismo como un verdadero príncipe.
Nuestra lectura es mendicante y servil. En la historia, nuestra imaginación nos traiciona. Reino y señorío, poder y hacienda son un vocabulario más vistoso que el del modesto Juan o el de Eduardo en una pequeña casa y en el trabajo de