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El poeta

La naturaleza acrecienta su belleza, ante los ojos de los hombres enamorados, por la creencia de que el poeta contempla al mismo tiempo sus espectáculos. Está aislado entre sus contemporáneos por la verdad y por su arte, pero con este consuelo en sus ocupaciones: el de que tarde o temprano atraerán a todos los hombres. Porque todos los hombres viven de la verdad y necesitan de la expresión. En el amor, en el arte, en la avaricia, en la política, en el trabajo, en los juegos, nos esforzamos por articular nuestro doloroso secreto. El hombre es solo la mitad de sí mismo; la otra mitad es su expresión.

A pesar de esta necesidad de ser publicado, la expresión adecuada es rara. No sé cómo es que necesitamos un intérprete, pero la gran mayoría de los hombres parecen ser menores de edad que aún no han entrado en posesión de lo suyo, o mudos que no pueden relatar la conversación que han tenido con la naturaleza. No hay hombre que no anticipe una utilidad supersensible en el sol y las estrellas, la tierra y el agua. Estos permanecen y aguardan para prestarle un servicio peculiar. Pero existe alguna obstrucción o algún exceso de flema en nuestra constitución que no les permite rendir el efecto debido. Demasiado débiles caen sobre nosotros las impresiones de la naturaleza como para hacernos artistas. Cada contacto debería estremecer. Cada hombre debería ser tanto un artista como para poder relatar en una conversación lo que le ha acontecido. Sin embargo, en nuestra experiencia, los rayos o impulsos tienen la fuerza suficiente para llegar a los sentidos, mas no la suficiente para alcanzar lo vivo y obligar a su propia reproducción en el discurso. El poeta es la persona en quien estas facultades están en equilibrio, el hombre sin impedimento, que ve y maneja aquello con lo que otros sueñan, recorre toda la escala de la experiencia y es representante del

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