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Compensación

Nuestra fuerza brota de nuestra debilidad. La indignación que se arma de fuerzas secretas no se despierta hasta que somos aguijoneados, heridos y gravemente asaltados.

Un gran hombre siempre está dispuesto a ser pequeño. Mientras se sienta en el cojín de las ventajas, se duerme. Cuando es empujado, atormentado, derrotado, tiene la oportunidad de aprender algo; se ha visto obligado a usar su ingenio, su hombría; ha obtenido datos; reconoce su ignorancia; se cura de la insania de la presunción; ha adquirido moderación y verdadera habilidad.

El sabio se pone del lado de sus atacantes. Le interesa más a él que a ellos encontrar su punto débil. La herida cicatriza y se desprende de él como una piel muerta y, cuando quieren triunfar, ¡he aquí que él ha pasado invulnerable.

La crítica es más segura que la alabanza. Detesto que me defiendan en un periódico. Mientras todo lo que se dice se dice en mi contra, siento cierta seguridad de éxito. Pero tan pronto como se pronuncian palabras almibaradas de elogio en mi favor, me siento como quien yace desprotegido ante sus enemigos.

En general, todo mal al que no sucumbimos es un benefactor. Así como el isleño de las Sándwich cree que la fuerza y el valor del enemigo que mata pasan a su propio cuerpo, nosotros ganamos la fuerza de la tentación que resistimos.

Los mismos guardias que nos protegen del desastre, el defecto y la enemistad, nos defienden, si queremos, del egoísmo y el fraude. Los cerrojos y los barrotes no son las mejores de nuestras instituciones, ni la astucia en el comercio es señal de sabiduría. Los hombres sufren toda su vida bajo la tonta superstición de que pueden ser engañados. Pero es tan imposible que un hombre sea engañado por cualquier otro que no sea él mismo, como que una cosa sea y deje de ser al mismo tiempo.

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