Los antiguos llamaban a la belleza la floración de la virtud.
¿Quién puede analizar el encanto sin nombre que destella desde uno y otro rostro y forma? Nos conmueven emociones de ternura y complacencia, pero no podemos hallar hacia dónde apunta esta delicada emoción, este destello errante.
Es destruido para la imaginación por cualquier intento de atribuirlo a la organización. Tampoco apunta a ninguna relación de amistad o amor conocida y descrita en la sociedad, sino, según me parece, a una esfera muy distinta e inalcanzable, a relaciones de una delicadeza y dulzura trascendentes, a lo que las rosas y las violetas sugieren y presagian.
No podemos acercarnos a la belleza. Su naturaleza es como los brillos opalinos del cuello de las palomas, huidiza y evanescente.
En esto se asemeja a las cosas más excelentes, que tienen todas este carácter de arco iris, desafiando cualquier intento de apropiación y uso.
¿Qué otra cosa quiso dar a entender Jean Paul Richter cuando le dijo a la música: «¡Fuera!, ¡fuera!, me hablas de cosas que en toda mi vida interminable no he hallado ni hallaré»?
La misma fluidez puede observarse en toda obra de las artes plásticas.
La estatua es entonces bella cuando empieza a ser incomprensible, cuando va más allá de la crítica y ya no puede ser definida por el compás y la vara de medir, sino que exige una imaginación activa que la acompañe y diga lo que está haciendo en su propia acción.
El dios o el héroe del escultor se representa siempre en una transición de aquello que es representable a los sentidos a aquello que no lo es. Solo entonces deja de ser piedra.