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Confianza en uno mismo

Pero un hombre culto llega a avergonzarse de su propiedad, movido por un nuevo respeto hacia su naturaleza. Sobre todo, aborrece lo que tiene si ve que es accidental —le llegó por herencia, o regalo, o crimen—; entonces siente que eso no es tener; no le pertenece, no tiene raíz en él y simplemente yace ahí porque ninguna revolución o ningún ladrón se lo lleva.

Pero aquello que un hombre es, siempre lo adquiere por necesidad, y lo que el hombre adquiere es propiedad viva, que no espera la señal de gobernantes, ni de turbas, ni de revoluciones, ni de fuego, ni de tormenta, ni de bancarrotas, sino que se renueva perpetuamente dondequiera que el hombre respira.

«Tu suerte o porción de vida —dijo el califa Ali— te está buscando; descansa, pues, de buscarla tú a ella».

Nuestra dependencia de estos bienes extranjeros nos conduce a nuestro servil respeto por los números. Los partidos políticos se reúnen en numerosas convenciones; cuanto mayor es la concurrencia y con cada nuevo estrépito de anuncio: ¡La delegación de Essex! ¡Los demócratas de Nuevo Hampshire! ¡Los whigs de Maine!, el joven patriota se siente más fuerte que antes por un nuevo millar de ojos y brazos.

De manera semejante, los reformadores convocan convenciones, votan y se declaran en multitud. ¡No así, oh amigos!, se dignará Dios entrar y habitar en vosotros, sino por un método exactamente inverso.

Solo cuando el hombre se despoja de todo apoyo ajeno y se sostiene por sí solo, lo veo fuerte y triunfante. Es más débil por cada recluta que se alista bajo su bandera. ¿No es un hombre mejor que una ciudad? No pidas nada a los hombres, y, en la infinita mutación, tú, la única columna firme, aparecerás de pronto como el sostén de todo lo que te

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