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Amistad

rápido y mezquino, a sorber una dulzura repentina. Arrebatamos el fruto más lento en todo el jardín de Dios, que muchos veranos y muchos inviernos deben madurar. Buscamos a nuestro amigo no santamente, sino con una pasión adulterada que querría apropiárselo para nosotros. En vano. Estamos armados por todas partes de sutiles antagonismos que, tan pronto como nos encontramos, empiezan a actuar y traducen toda la poesía en prosa insípida. Casi toda la gente desciende para encontrarse. Toda asociación debe ser un compromiso y, lo que es peor, la flor misma y el aroma de la flor de cada una de las bellas naturalezas desaparece a medida que se aproximan la una a la otra. ¡Qué perpetua decepción es la sociedad real, incluso la de los virtuosos y dotados! Después de haber logrado entrevistas con larga previsión, debemos vernos atormentados de pronto por golpes frustrados, por apatías repentinas e inoportunas, por epilepsias del ingenio y de los ánimos, en el apogeo de la amistad y del pensamiento. Nuestras facultades no nos responden con fidelidad, y ambas partes se sienten aliviadas con la soledad.

Debo estar a la altura de toda relación. No importa cuántos amigos tenga y qué contenido pueda encontrar en la conversación con cada uno, si hay uno solo ante el cual no esté a la altura. Si me he retirado con deshonor de una sola lid, la alegría que encuentro en todas las demás se vuelve mezquina y cobarde. Me odiaría a mí mismo si entonces hiciera de mis otros amigos mi refugio:—

“El valiente guerrero en liza famoso, tras cien victorias, una vez vencido, del libro del honor es borrado por completo, y olvidado cuanto luchó por conseguir.”

Nuestra impaciencia resulta así duramente reprendida.

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