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Carácter

vanidad. Amigos solemnes les advertirán sobre el peligro de que se les suba la cabeza por el fanfarreo de trompetas, pero ellos pueden permitirse sonreír. Recuerdo la indignación de un elocuente metodista ante las amables admoniciones de un doctor en divinidad⁠—«Amigo mío, un hombre no puede ser ni alabado ni insultado». Pero perdonad los consejos; son muy naturales. Recuerdo el pensamiento que se me ocurrió cuando unos extranjeros ingeniosos y espirituales vinieron a América: ¿Habéis sido victimizados al ser traídos aquí?⁠—o, antes de eso, respondedme a esto: «¿Sois victimizables?».

Como he dicho, la Naturaleza se reserva estas soberanías, y por más petulantemente que nuestros sermones y disciplinas pretendan repartir parte del mérito y enseñar que las leyes moldean al ciudadano, ella sigue su propio paso y deja al más sabio en el error. Hace muy poco caso de los evangelios y los profetas, como quien tiene muchos más por producir y ningún exceso de tiempo que perder en ninguno. Hay una clase de hombres, cuyos individuos aparecen a largos intervalos, tan eminentemente dotados de perspicacia y virtud que han sido saludados unánimemente como divinos, y que parecen ser una acumulación de ese poder que consideramos. Las personas divinas son carácter nato, o, para tomar prestada una frase de Napoleón, son la victoria organizada. Por lo general se les recibe con mala voluntad, porque son nuevos y porque ponen un límite a la exageración que se ha hecho de la personalidad de la última persona divina. La Naturaleza nunca rima a sus hijos, ni hace a dos hombres iguales. Cuando vemos a un gran hombre imaginamos un parecido con algún personaje histórico y predecimos el desenlace de su carácter y su fortuna; un resultado que él sin duda defraudará.

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