Hizo esto para que nadie más que yo viera la lima; y cuando hubo terminado, limpió la lima y se la guardó en el bolsillo interior del chaleco. Supe que era la lima de Joe, y supe que él conocía a mi convicto, en el mismo instante en que vi el instrumento. Me quedé mirándolo fijamente, hechizado. Pero él ahora se reclinaba en su escaño, prestándome muy poca atención y hablando principalmente de nabos.
Había en nuestra aldea los sábados por la noche una deliciosa sensación de limpieza y de pausa tranquila antes de continuar de nuevo con la vida, lo cual animaba a Joe a atreverse a quedarse fuera media hora más tarde los sábados que en otras ocasiones.
Al acabarse al mismo tiempo la media hora y el ron con agua, Joe se levantó para marcharse y me cogió de la mano.
—Parese medio momento, señor Gargery —dijo el hombre extraño—. Creo que tengo un chelín nuevo y brillante por ahí en el bolsillo, y si lo tengo, el muchacho se lo quedará.
Lo sacó de entre un puñado de calderilla, lo envolvió en unos papeles arrugados y me lo dio.
«¡Tuyo! —dijo—. ¡Cuidado! Tuyo tuyo».
Le di las gracias, mirándome en él mucho más allá de los límites de las buenas maneras, y aferrándome bien a Joe. Le dio las buenas noches a Joe, y le dio las buenas noches al señor Wopsle (que salió con nosotros), y a mí solo me dedicó una mirada con su ojo tirador—no, una mirada no, porque lo cerró, pero se pueden hacer maravillas con un ojo ocultándolo.
De camino a casa, de haber tenido humor para hablar, la conversación habría corrido por mi cuenta, pues el señor Wopsle se apartó de nosotros en la puerta de la Jolly Bargemen, y Joe hizo todo el camino a casa con la boca abierta de par en par, para enjuagarse el ron con todo el aire posible. Pero