Tanto a la ida como a la vuelta, había visto la señal en su ventana: Todo bien.
Como era una tarde áspera y yo tenía frío, pensé en consolarme cenando de inmediato; y como me esperaban horas de abatimiento y soledad si volvía a casa, al Temple, pensé en ir después al teatro.
El teatro donde el señor Wopsle había alcanzado su dudoso triunfo estaba en aquel barrio ribereño (ya no existe en ninguna parte), y a ese teatro resolví ir.
Estaba al corriente de que el señor Wopsle no había logrado revivir el Drama, sino que, por el contrario, más bien había participado de su declive. Se había tenido noticia de él de manera ominosa, a través de los carteles, encarnando a un fiel Negro, en relación con una niña de noble nacimiento y un mono. Y Herbert lo había visto en el papel de tártaro rapaz de inclinaciones cómicas, con una cara como un ladrillo rojo y un sombrero estrafalario lleno de cascabeles.
Cené en lo que Herbert y yo solíamos llamar un asador geográfico, donde había mapamundis marcados con cercos de jarras de porter en cada medio metro de los manteles, y cartas de grasa en cada uno de los cuchillos —hasta el día de hoy apenas hay un solo asador dentro de los dominios del Lord Mayor que no sea geográfico—, y pasé el tiempo adormilado sobre las migas, mirando fijo el gas y asándome en una ráfaga caliente de cenas. Al cabo de un rato, espabilé y fui al teatro.
Allí encontré a un virtuoso contramaestre al servicio de Su Majestad—un hombre excelente, aunque hubiera deseado que sus pantalones no fuesen tan ajustados en ciertas partes, y no tan flojos en otras—, que les encasquetó los sombreros a todos los hombrecitos hasta los ojos, a pesar de ser muy generoso y valiente, y que ni quería oír hablar de que nadie pagara impuestos, a pesar de ser muy patriótico. Llevaba una bolsa de dinero en el bolsillo, como un budín en su paño, y con esa propiedad se