arrojado a la cabeza a su adversario, de no ser porque nuestro anfitrión lo agarró con destreza en el instante mismo en que era levantado con ese propósito.
—Caballeros —dijo el señor Jaggers, posando deliberadamente el vaso y sacando su reloj de repetición de oro por su maciza cadena—, siento muchísimo anunciar que son las nueve y media.
A esta indirecta todos nos levantamos para marcharnos.
Antes de llegar a la puerta de la calle, Startop le llamaba alegremente a Drummle «viejo amigo», como si nada hubiera pasado. Pero el viejo amigo estuvo tan lejos de corresponder, que ni siquiera quiso caminar hasta Hammersmith por el mismo lado de la acera; así que Herbert y yo, que nos quedamos en la ciudad, los vimos ir calle abajo por aceras opuestas; Startop marchando al frente, y Drummle rezagado a la zaga en la sombra de las casas, muy a su usanza al seguirle en su bote.
Como la puerta aún no estaba cerrada, pensé en dejar a Herbert allí un momento y subir corriendo de nuevo para decirle una palabra a mi tutor. Lo encontré en su vestidor rodeado de su provisión de botas, ya muy ocupado en ello, lavándose las manos con respecto a nosotros.
Le dije que había vuelto a subir para decirle cuánto sentía que hubiera ocurrido algo desagradable, y que esperaba que no me culpara demasiado.
—¡Bah! —dijo él, enjuagándose la cara y hablando a través de las gotas de agua—; no es nada, Pip. Sin embargo, esa Araña me cae bien.
Se había vuelto hacia mí ahora, y estaba negando con la cabeza, soplando y frotándose con la toalla.
—Me alegra que le guste, señor —dije—, pero a mí no.