Al ver que se volvía, volví el rostro hacia casa y saqué el mejor partido a mis piernas. Pero al poco rato miré por encima del hombro y lo vi avanzar de nuevo hacia el río, abrazándose todavía con ambos brazos y buscando el camino con sus pies doloridos entre las grandes piedras arrojadas aquí y allá en las marismas, que servían de pasos cuando las lluvias eran fuertes o la marea estaba alta.
Los pantanos eran entonces apenas una larga línea negra horizontal, mientras me detenía a mirarle alejarse; y el río era otra línea horizontal, ni con mucho tan ancha ni tampoco tan negra; y el cielo era tan solo una serie de largas líneas rojas y airadas entremezcladas con densas líneas negras. En la orilla del río alcanzaba a distinguir débilmente las dos únicas cosas negras en todo el panorama que parecían mantenerse en pie; una de ellas era la baliza con la que se guiaban los marineros —como un barril sin aros sobre un poste—, algo feo cuando se estaba cerca; la otra, una horca, con unas cadenas colgando que en otro tiempo habían sujetado a un pirata. El hombre cojeaba hacia esta última, como si fuera el pirata vuelto a la vida, bajado, y camino de volver a colgarse. Me dio un vuelco terrible pensar tal cosa; y al ver que el ganado levantaba la cabeza para mirarlo irse, me pregunté si ellos pensarían lo mismo. Miré a todos lados en busca del horrible joven, y no pude ver señales de él. Pero ahora volvía a estar asustado, y corrí a casa sin parar.