No contenta con una limpieza en seco, cogió un cubo y un cepillo de fregar, y nos barrió de nuestra propia casa, de modo que nos quedamos tiritando en el patio trasero. Eran las diez de la noche cuando nos atrevimos a entrar de nuevo a hurtadillas, y entonces le preguntó a Joe por qué no se había casado directamente con una esclava negra. Joe no ofreció respuesta, pobre hombre, sino que se quedó tocándose las patillas y mirándome abatido, como si pensara que realmente aquello podría haber sido un negocio mejor.
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XII
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