dormido también a los supuestos testadores. Eras un tipo distinguido, sin embargo —(el señor Wemmick volvía a apostrofar)—, y decías que sabías escribir en griego. ¡Bah, Fanfarrón! ¡Qué mentiroso eras! ¡Jamás conocí a un mentiroso como tú! Antes de volver a colocar a su difunto amigo en la estantería, Wemmick se tocó el más grande de sus anillos de luto y dijo: —Me lo mandó a comprar apenas el día de antes.
Mientras colocaba la otra moldura y bajaba de la silla, se me cruzó por la mente que toda su joyería personal procedía de fuentes similares.
Como no había mostrado timidez al respecto, me tomé la libertad de hacerle la pregunta, cuando estuvo de pie ante mí, sacudiéndose las manos.
—Pues sí —replicó—, todos estos son regalos de esa clase. Uno trae otro, ya ve; así es como funciona. Yo siempre los acepto. Son curiosidades. Y son propiedad. Quizá no valgan mucho, pero, al fin y al cabo, son propiedad y portátil. A usted no le importa con su brillante porvenir, pero en lo que a mí respecta, mi estrella guía siempre es: «Hazte con propiedad portátil».
Cuando hube rendido homenaje a esta luz, prosiguió diciendo, de manera amistosa:—
“Si en algún momento desocupado en que no tenga nada mejor que hacer, no le importara venir a verme a Walworth, podría ofrecerle una cama y lo consideraría un honor.
No tengo mucho que mostrarle; pero quizá le guste echar un vistazo a las dos o tres curiosidades que he conseguido; y a mí me gusta un poco de jardín y un cenador”.
Dije que me encantaría aceptar su hospitalidad.