ese asesinato de la ribera? ¿Va a hacer que sea homicidio involuntario, o qué va a sacar de todo
—¿Por qué no se lo preguntas tú? —replicó Wemmick.
—¡Oh, sí, ya me lo imagino! —dijo el carcelero.
—Así son las cosas con ellos por aquí, señor Pip —comentó Wemmick, volviéndose hacia mí con su gesto de oficina de correos estirado—. No les importa qué pedirme a mí, el subordinado; pero jamás los pillará haciéndole ninguna pregunta a mi principal.
—¿Es este joven uno de los aprendices o pasantes de su oficina? —preguntó el carcelero, con una sonrisa burlona ante la ocurrencia del señor Wemmick.
—¡Ahí va otra vez, ya lo ve! —exclamó Wemmick—; ¡se lo dije! ¡Le hace otra pregunta al subordinado antes de que se le haya secado la primera! Bueno, ¿y si el señor Pip es uno de ellos?
—¿Con que —dijo el carcelero, volviendo a sonreír—, ya sabe quién es el señor Jaggers?
—¡Hala! —exclamó Wemmick, propinándole de pronto un codazo jocoso al carcelero—, eres mudo como una de tus propias llaves cuando te las ves con mi principal, bien que lo sabes. ¡Déjanos salir, viejo zorro, o haré que te interponga una demanda por detención ilegal!
El carcelero se rio, nos dio los buenos días y se quedó riéndose de nosotros por encima de las púas de la verja cuando bajamos los escalones hacia la calle.
—Créame, señor Pip —me dijo Wemmick, con gravedad al oído, mientras me tomaba del brazo para ganar confianza—; no sé si el señor Jaggers hace algo mejor que la forma en que se mantiene en ese plano tan