“Cerdos —prosiguió el señor Wopsle con su voz más profunda y señalando mi rubor con el tenedor, como si estuviera mentando mi nombre de pila—, los cerdos eran los compañeros del pródigo. La glotonería de los cerdos se nos presenta como un ejemplo para la juventud”. (Pensé que esto no estaba nada mal viniendo de alguien que acababa de alabar el cerdo por estar tan tierno y jugoso). “Lo que es detestable en un puerco es más detestable aún en un muchacho”.
—O niña —sugirió el señor Hubble.
—Por supuesto, o niña, señor Hubble —asintió el señor Wopsle, con cierta irritación—, pero aquí no hay ninguna niña presente.
—Además —dijo el señor Pumblechook, volviéndose bruscamente hacia mí—, piensa en lo que tienes que agradecer. Si hubieras nacido un chillón...
—Él lo era, si es que algún niño lo fue —dijo mi hermana, con gran énfasis.
Joe me dio un poco más de salsa.
—Bueno, pero me refiero a un chillón de cuatro patas —dijo el