Cuando Barnwell comenzó a corromperse, declaro que me sentía casi con ganas de pedir disculpas, tanto me recriminaba la indignada mirada de Pumblechook. Wopsle, además, se esmeraba en presentarme bajo la peor luz posible. A la vez feroz y sensiblero, se me hacía asesinar a mi tío sin circunstancia atenuante alguna; Millwood me vencía en la discusión en cada oportunidad; se convertía en pura monomanía que la hija de mi amo se importara un bledo por mí; y todo lo que puedo decir de mi conducta jadeante y dubitativa en la mañana fatal es que era digna de la debilidad general de mi carácter.
Aun después de haber sido felizmente ahorcado y de que Wopsle hubo cerrado el libro, Pumblechook se quedó mirándome, negando con la cabeza y diciendo: «¡Escarmienta, muchacho, escarmienta!», como si fuera un hecho bien sabido que yo tenía el propósito de asesinar a un pariente cercano, con tal de que pudiera convencer a alguno de tener la debilidad de convertirse en mi bienhechor.
Era una noche muy oscura cuando todo hubo terminado, y cuando emprendí con el señor Wopsle la caminata de regreso a casa.
Más allá del pueblo, nos encontramos con una intensa neblina que caía húmeda y espesa. La farola de la garita del peaje era un borrón, al parecer bastante fuera de su lugar habitual, y sus rayos parecían una sustancia sólida sobre la niebla.
Íbamos comentando esto y diciendo cómo la neblina se levantaba con un cambio de viento procedente de cierto rincón de nuestras marismas, cuando dimos con un hombre que caminaba encorvado al amparo de la garita del peaje.
—¡Hola! —dijimos, deteniéndonos—. ¿Orlick por ahí?