Habíamos mantenido esta conversación en voz baja, sabiendo muy bien que los oídos de mi tutor eran los más agudos de los agudos.
Como apareció entonces en el umbral de su puerta, secándose las manos con una toalla, Wemmick se puso su gabán y se dispuso a apagar las velas.
Los tres salimos juntos a la calle, y desde el escalón de la puerta Wemmick tomó su camino, y el señor Jaggers y yo tomamos el nuestro.
No pude evitar desear más de una vez aquella noche, que el señor Jaggers hubiera tenido un Anciano en Gerrard Street, o un trago fuerte, o un Algo, o un Alguien, que le alisara un poco el ceño.
Era un pensamiento poco grato en un vigesimoprimer cumpleaños, que llegar a la mayoría de edad apenas pareciera valer la pena en un mundo tan vigilado y desconfiado como el que él se montaba.
Él estaba mil veces mejor informado y era más listo que Wemmick, y sin embargo, mil veces antes habría invitado a cenar a Wemmick.
Y el señor Jaggers no solo me produjo a mí una melancolía intensa, pues, después de haberse marchado, Herbert dijo de sí mismo, con los ojos fijos en el fuego, que creía haber cometido un delito grave y haber olvidado los detalles del mismo, tan abatido y culpable se sentía.