De estas últimas palabras deduje la idea de que Miss Havisham, por algún motivo o sin motivo alguno, no le había hecho partícipe de su confianza en cuanto a su propósito de destinarme a Estella; que él se resentía de esto y sentía celos al respecto, o que realmente se oponía a ese plan y no quería saber nada de él. Cuando volví a levantar los ojos, descubrí que me había estado observando con perspicacia todo el tiempo, y que lo seguía haciendo.
—Si eso es todo lo que tiene que decir, señor —observé—, ya no debe quedarme nada por decir.
Éste asintió con la cabeza, sacó su reloj —temido por los ladrones— y me preguntó dónde iba a cenar. Le respondí que en mis propias habitaciones, con Herbert.
Como consecuencia lógica, le pedí que nos honrara con su compañía, y aceptó la invitación de inmediato. Pero insistió en caminar a casa conmigo, para que yo no hiciera ningún preparativo especial para él, y primero tenía que escribir un par de cartas y (por supuesto) lavarse las manos.
Así que le dije que iría al despacho exterior a hablar con Wemmick.
El caso era que, cuando las quinientas libras habían entrado en mi bolsillo, me había venido a la cabeza un pensamiento que ya me había asaltado a menudo; y me pareció que Wemmick era la persona adecuada para consultarle acerca de tal pensamiento.
Ya había cerrado su caja fuerte y hecho los preparativos para marcharse a casa. Había dejado su escritorio, sacado sus dos grasientos candelabros de oficina y los había colocado en línea con las manillas apagavelas sobre una repisa cerca de la puerta, listos para ser apagados; había avivado las