vez con alguna anticipación de mis expectativas.
—Señor Pip —dijo Wemmick—, me gustaría repasar rápidamente con usted en los dedos, si le parece, los nombres de los distintos puentes hasta llegar a Chelsea Reach. A ver; tenemos el de Londres, uno; el de Southwark, dos; el de Blackfriars, tres; el de Waterloo, cuatro; el de Westminster, cinco; el de Vauxhall, seis. —Había ido marcando cada puente a su vez con el mango de su llave de la caja fuerte sobre la palma de la mano—. Como ve, hay nada menos que seis para elegir.
—No la comprendo —dije yo.
—Escoja su puente, señor Pip —replicó Wemmick—, y dé un paseo por su puente, y tire su dinero al Támesis desde el arco central de su puente, y ya sabe cómo acaba la cosa. Sírvase de él para ayudar a un amigo, y es posible que también sepa cómo acaba la cosa, pero es un final menos agradable y provechoso.