tal como el hierro estaba sujeto a la pierna del hombre a cuyo encuentro corría. Conocía bastante bien el camino hacia la batería, pues había estado allí un domingo con Joe, y Joe, sentado sobre un viejo cañón, me había dicho que, cuando fuera su aprendiz, debidamente contratado, ¡nos divertiríamos mucho allí! Sin embargo, debido a la confusión de la niebla, al final me encontré demasiado hacia la derecha y, en consecuencia, tuve que desandar lo andado por la orilla del río, sobre el talud de piedras sueltas por encima del lodo y las estacas que contenían la marea. Avanzando por allí a toda prisa, acababa de cruzar una zanja que sabía que estaba muy cerca de la batería, y acababa de trepar por el montículo al otro lado de la zanja, cuando vi al hombre sentado ante mí. Me daba la espalda, tenía los brazos cruzados y cabeceaba hacia delante, abrumado por el sueño.
Pensé que se alegraría más si le sorprendía con el desayuno de aquella manera inesperada, así que me acerqué despacio y le toqué el hombro. ¡Éste se levantó al instante, y no era el mismo hombre, sino otro hombre!
Y, sin embargo, este hombre también iba vestido de burdo gris, y llevaba un gran grillete de hierro en la pierna, y era cojo, y ronco, y tenía frío, y era todo lo que el otro hombre era; excepto que no tenía la misma cara, y llevaba puesto un sombrero de fieltro plano, de ala ancha y copa baja.
Todo esto lo vi en un instante, pues solo tuve un instante para verlo: me profirió un juramento, me tiró un golpe —fue un golpe flojo y débil que me erró y casi lo tira al suelo, pues lo hizo tropezar— y luego se metió corriendo en la niebla, tropezando dos veces al marchar, y lo perdí de vista.