“¿Con este muchacho? ¡Pero si es un simple muchacho jornalero!”
Creí haber oído por casualidad la respuesta de la señorita Havisham —aunque parecía de todo punto improbable—: «¿Y bien? Puedes romperle el corazón».
“¿A qué juegas, muchacho?”, me preguntó Estella con el mayor desdén.
“Nada más que trilerismo, señorita.”
—Arrúinalo —dijo la señorita Havisham a Estella. Así que nos sentamos a jugar a las cartas.
Fue entonces cuando empecé a comprender que todo en la habitación se había detenido, como el reloj de bolsillo y el de pared, hacía mucho tiempo.
Noté que la señorita Havisham volvía a dejar la joya exactamente en el mismo lugar de donde la había tomado.
Mientras Estella repartía las cartas, volví a mirar el tocador y vi que el zapato que estaba sobre él, otrora blanco, ahora amarillo, jamás había sido calzado.
Miré de reojo hacia el pie al que le faltaba el zapato y vi que la media de seda que lo cubría, otrora blanca, ahora amarilla, estaba hecha garras de tanto pisarla.
Sin esta paralización de todo, esta detención de todos los objetos pálidos y descompuestos, ni siquiera el marchito vestido de novia sobre la forma desplomada habría parecido tanto una mortaja, ni el largo velo tan parecido a un sudario.
Así se sentaba, cadavérica, mientras jugábamos a las cartas; los vuelos y adornos de su vestido de novia parecían papel terroso.