Tan pronto como el gran catafalco de terciopelo negro que había fuera de mi ventanita se tiñó de gris, me levanté y bajé las escaleras; cada tabla del camino, y cada grieta en cada tabla, me gritaban: «¡Al ladrón!» y «¡Arriba, señora Joe!». En la despensa, que estaba mucho más provista de lo habitual debido a la estación, me asustó mucho una liebre colgada por los talones, a la que casi creí ver guiñarme un ojo cuando medio me volvía. No tuve tiempo de comprobarlo, ni tiempo de elegir, ni tiempo para nada, porque no me sobraba el tiempo. Robé un poco de pan, un trozo de corteza de queso, como medio tarro de mincemeat (que até en mi pañuelo de bolsillo junto con la rebanada de la noche anterior), un poco de brandy de una botella de gres (que trasvasé a una botella de vidrio que había usado en secreto para preparar ese fluido embriagador, agua de regaliz español, arriba en mi cuarto; rellenando la botella de gres con agua de una jarra de la alacena de la cocina), un hueso de carne con muy poca chicha y un pastel de cerdo redondo, compacto y hermoso. Por poco me voy sin el pastel, pero la tentación de subirme a un estante para ver qué era lo que se guardaba con tanto cuidado en un plato de barro tapado en un rincón pudo más, y descubrí que era el pastel, y lo cogí con la esperanza de que no estuviera destinado para un uso inmediato y no se echara en falta durante un tiempo.
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Capítulo II
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