La ignominia de que se pusiera a cantar como un gallo inmediatamente después y me persiguiera puente abajo imitando a un ave de corral sumamente abatida que me hubiera conocido cuando yo era herrero, culminó la deshonra con la que abandoné el pueblo, siendo, por así decirlo, expulsado por este hacia campo abierto.
Pero a menos que le hubiera quitado la vida al muchacho de Trabb en aquella ocasión, la verdad es que ni ahora mismo veo qué otra cosa habría podido hacer salvo soportarlo. Haber luchado con él en la calle, o haberle exigido una compensación menor que la sangre de su corazón, habría sido inútil y degradante.
Además, era un muchacho a quien ningún hombre podía hacer daño; una serpiente invulnerable y escurridiza que, cuando la acorralaban, volvía a zafarse entre las piernas de su captor, aullando con desprecio.
Le escribí, sin embargo, al señor Trabb por el correo del día siguiente, para decirle que el señor Pip tenía que negarse a seguir tratando con alguien que podía olvidar hasta tal punto lo que debía a los mejores intereses de la sociedad, como para emplear a un muchacho que despertaba aversión en toda mente respetable.
El coche, con el señor Jaggers dentro, llegó a su debido tiempo, volví a ocupar mi sitio en el pescante y llegué a Londres sano y salvo —aunque no intacto, pues había perdido el corazón—. Tan pronto como llegué, le envié a Joe un bacalao penitente y un barril de ostras (como reparación por no haber ido yo mismo), y luego me dirigí a Barnard’s Inn.
Encontré a Herbert cenando carne fría, y encantado de darme la bienvenida de nuevo. Habiendo despachado al Vengador a la cafetería en busca de un refuerzo para la cena, sentí que debía abrir mi pecho aquella misma noche a mi amigo y camarada. Como la confidencia era imposible con el Vengador en el vestíbulo, que solo podía considerarse a modo de antecámara de la cerradura, lo mandé