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nydus/Great ExpectationsPublic
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IV

Este misterio moral pareció demasiado para la compañía, hasta que el señor Hubble lo resolvió lapidariamente diciendo: «Naturalmente viciosos». Todo el mundo murmuró entonces «¡Es verdad!» y me miró de una manera particularmente desagradable y personal.

La posición y la influencia de Joe eran algo más endebles (si cabe) cuando había compañía que cuando no la había. Pero él siempre me ayudaba y consolaba cuando podía, a su manera, y siempre lo hacía a la hora de cenar dándome salsa, si es que había. Como hoy había mucha salsa, Joe me sirvió en el plato, en ese momento, como cuarto litro.

Un poco más avanzado el banquete, el señor Wopsle hizo una crítica del sermón con cierta severidad, e insinuó —según el habitual caso hipotético de que la iglesia fuera «abierta de par en par»— qué clase de sermón les habría dado. Tras obsequiarles con algunos puntos de dicho discurso, comentó que consideraba el tema de la homilía del día mal elegido; lo cual era tanto menos excusable, añadió, cuando había tantos temas «circulando por ahí».

—Otra vez la verdad —dijo el tío Pumblechook—. ¡Le ha atinado, señor! Hay montones de temas por ahí, para el que sabe cómo echarles sal en la cola. Eso es lo que hace falta. No hay que ir muy lejos para encontrar un tema, si uno anda listo con el salero. —El señor Pumblechook añadió, tras un breve intervalo de reflexión—: Mire el cerdo solamente. ¡Ahí tiene un tema! Si quiere un tema, ¡mire el cerdo!

—Es verdad, señor. Muchas moralejas para la juventud —replicó el señor Wopsle⁠—, y ya sabía yo que iba a meterme a mí en el asunto antes de decirlo; —pueden deducirse de ese texto.

(—Escuchas esto —me dijo mi hermana, en un paréntesis severo).

Joe me dio un poco más de salsa.

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