“En las carreras de Epsom, hace más de veinte años, hice amistad con un hombre a quien le abriría el cráneo con este fuelle, como la pinza de un bogavante, si lo tuviera aquí en el hogar. Su verdadero nombre era Compeyson; y ése es el hombre, querido muchacho, al que me viste machacar en la zanja, tal como le dijiste con verdad a tu compañero anoche, después de que me fui.
“Se puso de señorito, este Compeyson, y había ido a un colegio de pago y tenía estudios. Tenía labia para hablar y era un as en los modales de la gente fina. Y encima era bien parecido.
Era la noche antes de la gran carrera, cuando lo encontré en el páramo, en una caseta que yo conocía. Él y otros cuantos estaban sentados entre las mesas cuando entré, y el mesonero (que me conocía y era hombre aficionado a las apuestas) lo llamó afuera y le dijo: «Creo que este es un hombre que podría servirle», refiriéndose a mí.
—Compeyson, él me mira con mucha atención, y yo lo miro a él. Tiene un reloj y una cadena y un anillo y un alfiler de corbata y un traje elegante.
—«A juzgar por las apariencias, estás de mala suerte», me dice Compeyson.
“—Sí, amo, y nunca he estado mucho en él. (Yo había salido de la cárcel de Kingston la última vez por una condena de vagancia. No digo yo que no pudiera haber sido por otra cosa; pero no lo fue).
—«La suerte cambia —dice Compeyson—; tal vez la tuya vaya a cambiar».
—Yo digo: «Espero que así sea. Hay espacio».
—«¿Qué puedes hacer tú?», dice Compeyson.
—«Coman y beban —digo—, si es que encuentran los ingredientes».