oscuro y pesado en la sombra de un rincón junto a la ventana, parecía el lirón humano para el que estaba acondicionado—tal como en efecto era.
—Jamás había visto esta habitación antes —comenté—; pero antes no solía haber ningún Porter aquí.
—No —dijo él—; no hasta que se corrió la voz de que no había vigilancia en el lugar, y empezó a considerarse peligroso, con presidiarios y morralla de toda laya y condición andando de arriba para abajo. Y entonces me recomendaron para el puesto como un hombre capaz de pagarle a otro con la misma moneda, y lo acepté. Es más fácil que fuelle y martillo. Eso está cargado, eso.
Me había llamado la atención una escopeta con la culata guarnecida de latón sobre la chimenea, y su mirada había seguido a la mía.
—Bueno —dije, sin ganas de seguir conversando—, ¿subo a ver a la señorita Havisham?
“¡Que me parta un rayo si lo sé!”, replicó, primero estirándose y luego sacudiéndose; “mis órdenes terminan aquí, joven amo. Le doy un golpe a esta bendita campana con este bendito martillo, y usted sigue por el pasillo hasta que se encuentre con alguien”.
—Se supone que me esperan, ¿creo?
—¡Que me abrase dos veces, si sabría decirlo! —dijo él.
En eso, recorrí el largo pasillo que había pisado por primera vez con mis botas gruesas, y él hizo sonar su campanilla. Al final del pasillo, mientras la campanilla aún resonaba, me encontré con Sarah Pocket, quien ahora parecía haberse vuelto constitucionalmente verde y amarilla por causa mía.
—¡Oh! —dijo ella—. ¿Así que es usted, señor Pip?