Apartándome de la puerta del Temple tan pronto como hube leído la advertencia, me dirigí lo más rápido posible a Fleet Street, y allí tomé un coche de alquiler nocturno para ir a los Hummums, en Covent Garden.
Por entonces siempre se podía conseguir una cama allí a cualquier hora de la noche, y el camarero, que me dejó entrar por su ventanilla siempre lista, encendió la vela que seguía en el orden de su estante y me condujo directamente al dormitorio que seguía en el orden de su lista.
Era una especie de bóveda en la planta baja, al fondo, con un monstruo despótico de cama con dosel en su interior, que ocupaba todo el lugar abriendo sus arbitrarias patas, metiendo una en la chimenea y otra en la puerta, y acorralando al desgraciado lavabo de una manera Divinamente Justa.
Como había pedido una luz de noche, el chambelán me había traído, antes de marcharse, la buena y tradicional bujía de junco de aquellos días virtuosos, un objeto parecido al fantasma de un bastón que se le rompía la espalda al menor contacto, a la que nunca se le podía encender nada y que era colocada en confinamiento solitario al fondo de una alta torre de hojalata, perforada con agujeros redondos que proyectaban un diseño de ojos muy abiertos en las paredes.
Cuando me hube metido en la cama, y yacía allí con los pies doloridos, fatigado y desdichado, descubrí que me era tan imposible cerrar los ojos como cerrar los ojos de este tonto Argos. Y así, en la penumbra y la muerte de la noche, nos estuvimos mirando fijamente el uno al otro.
¡Qué noche tan melancólica! ¡Qué angustiosa, qué sombría, qué larga!