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nydus/Great ExpectationsPublic
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XXI

—¡Vaya, si es usted todo un fiscal! —dijo el señor Wemmick, mirándome con aire de aprobación—. ¡Sí, lo conozco! ¡Lo conozco!

Había un aire de tolerancia o menosprecio en su pronunciación de estas palabras que me deprimió bastante; y aún lo miraba de reojo, al rostro hecho un bloque, en busca de alguna nota alentadora en el texto, cuando dijo que ya habíamos llegado a Barnard’s Inn.

Mi depresión no se vio mitigada por el anuncio, pues yo me había figurado que aquel establecimiento era un hotel regentado por el señor Barnard, al lado del cual el Jabalí Azul de nuestra ciudad no pasaba de ser una simple taberna. En cambio, ahora descubría que Barnard era un espíritu incorpóreo, o una ficción, y su mesón, el conjunto más sombrío de edificios destartalados jamás apiñado en un rincón pestilente a modo de club para gatos callejeros.

Entramos en este refugio por una puertecilla, y un pasillo de entrada nos vomitó en una plazuela melancólica que me pareció un cementerio llano. Me pareció que tenía los árboles más sombríos, los gorriones más sombríos, los gatos más sombríos y las casas más sombrías (en número de media docena más o menos) que jamás hubiera visto. Me pareció que las ventanas de los conjuntos de despachos en que se dividían esas casas se hallaban en todas las fases de persiana y cortina achacosas, maceta coja, cristal agrietado, decadencia polvorienta y mísero apaño; mientras que los carteles de Se Alquila, Se Alquila, Se Alquila, me miraban fijamente desde las habitaciones vacías, como si ningún nuevo desdichado llegara nunca allí, y la venganza del alma de Barnard estuviera siendo lentamente aplacada por el suicidio gradual de los actuales ocupantes y su inhumación impía bajo la grava. Un luto mohíno de hollín y humo vestía esta desolada creación de Barnard, que se había esparcido ceniza sobre la cabeza y sufría penitencia y humillación a modo de basurero.

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