estaba dispuesto a ser pasivo o resignado, según yo lo entendía; pero no tenía la menor intención de salirle al paso al peligro. Cuando este se le venía encima, lo afrontaba, pero tenía que llegar antes de que él se preocupara.
—Si supieras, querido muchacho —me dijo—, lo que es sentarse aquí junto a mi querido muchacho y fumarme mi pipa, después de haberme pasado día tras día entre cuatro paredes, me envidiarías. Pero tú no sabes lo que es.
—Creo que conozco los deleites de la libertad —respondí.
“Ah —dijo él, sacudiendo la cabeza con gravedad—. Pero tú no lo conoces tanto como yo. Tendrías que haber estado bajo llave, querido muchacho, para conocerlo tanto como yo; pero no voy a ponerme vulgar”.
Se me antojaba una contradicción que, por una idea dominante, hubiera arriesgado su libertad y hasta su vida. Pero reflexioné que tal vez la libertad sin peligro distaba demasiado de todos los hábitos de su existencia como para significar para él lo que significaría para otro hombre. No iba muy desencaminado, puesto que dijo, tras fumar un poco:—
—Verás, querido muchacho, cuando yo estaba por allá, al otro lado del mundo, siempre estaba mirando hacia este lado; y me parecía insípido estar allí, a pesar de que me estaba haciendo rico. Todo el mundo conocía a Magwitch, y Magwitch podía venir, y Magwitch podía irse, y nadie se preocupaba por él. Aquí no se toman las cosas tan a la ligera conmigo, querido muchacho—, no se las tomarían, al menos, si supieran dónde estoy.
—Si todo va bien —dije—, volverás a estar en perfecta libertad y a salvo dentro de unas horas.