La mañana cambió considerablemente mi perspectiva general de la vida y la iluminó tanto que apenas parecía la misma. Lo que más me pesaba en el pensamiento era la consideración de que mediaban seis días entre el día de hoy y el de mi partida; pues no lograba deshacerme del temor de que algo pudiera sucederle a Londres mientras tanto y de que, al llegar allí, estuviera muy deteriorada o hubiera desaparecido por completo.
Joe y Biddy fueron muy comprensivos y agradables cuando hablé de nuestra inminente separación; pero solo se referían a ello cuando yo lo hacía.
Después de desayunar, Joe sacó mis papeles de aprendizaje del armario del mejor salón, los eché al fuego y sentí que era libre.
Con toda la novedad de mi emancipación a cuestas, fui a la iglesia con Joe, y pensé que tal vez el clérigo no habría leído aquello sobre el hombre rico y el reino de los Cielos si lo hubiera sabido todo.
Después de nuestra temprana cena, salí a dar un paseo a solas, con el propósito de acabar con los pantanos de una vez por todas y quitármelos de encima.
Al pasar junto a la iglesia, sentí (tal como lo había sentido durante el servicio por la mañana) una compasión sublime por las pobres criaturas que estaban destinadas a ir allí, domingo tras domingo, durante toda su vida, y a yacer oscuramente al fin entre los bajos montículos verdes.
Me prometí que haría algo por ellos algún día, y formé un plan general para obsequiar a todo el mundo en el pueblo con una cena de bistec asado y plum-pudding, una pinta de cerveza y un galón de condescendencia.